Metást[e]sis
El rasgo sobresaliente de la Razón crítica ha sido siempre su tendencia a la auto-destrucción.
La deconstrucción es la justicia.
Jacques Derrida , La Fuerza de la Ley
La venda sobre los ojos de la justicia no solo significa que no debe haber un asalto a la justicia, sino además que la justicia no origina en la libertad.
Horkheimer y Adorno, La Dialéctica de la Ilustración
I
Todo principio anticipa su propia deconstrucción. Tal es su suerte, su destino, que las palabras que aquí inauguran la azarosa trayectoria del texto ya apunta a lo inefable, al silencio que queda sumergido en la estructura violenta de ese mismo discurso sobre el cual ansía fundarse. Pero, por más místico que sea su telos, en su fondo el principio no será más que el tenue recuerdo de aquella promesa que hoy yace en ruinas: Egalité, Fraternité, Liberté… Y aun cuando el hombre el único animal que hace promesas, como incisivamente señalara Nietzsche, no es menos cierto que el único capaz de romperlas. Esta ruptura, este acto de inmoralidad, de violencia soberana, como diría Bataille, es el sine qua non de aquella reflexión empeñada en redimir la crítica de la razón. Redención, esta demás decir, teñida por la historia de su fracaso.
II
Cualquier declaración de principios pretende, en su momento constitutivo, consolidarse y legitimarse frente a la amenaza que representa la reflexión crítica, aun cuando en su gestación fue quizás el producto de esa misma reflexión que ahora censura. Así, el principio se reviste de autoridad y declara en el lenguaje del imperio: principiorum non est ratio, y se alza cualquier otra declaración que aspire a describir o explicar al mundo, reclamando para sí un lugar privilegiado. Más allá de duda razonable. No obstante, sus pretensiones, cuando la Razón duda irrazonablemente, cuando se exige a si misma, no sólo las condiciones para la posibilidad de este o aquel principio, sino las condiciones de su propio quehacer, ésta se muestra insegura, arbitraria, caprichosa. El rasgo sobresaliente de la Razón crítica ha sido siempre su tendencia a la auto-destrucción. En ese cosificado espacio, donde la reflexión y el principio colisionan, la Ley – mediante un coup de forcé – se presenta en escena.
III
¿Y de dónde este coup de forcé? ¿Qué puño asesta el golpe? El discurso del Derecho contemporáneo navega como Odiseo, entre el Escila del dogma y el Caribdis del nihilismo. Por un lado, se levanta la imperiosa necesidad de proveerle a la Razón un fundamento que legitime sus esfuerzos por inventar a la realidad – necesidad que nace de la propia Razón al contemplar con terror la ficción de su propio fundamento. El terror al abismo, a su falta de justificación o legitimación, es el secreto a voces que se encubre bajo el manto de la Ilustración. Al otro lado, el abismo le devuelve la mirada y le revela a la razón su monstruosidad. Mirada, sin embargo, que está marcada y enmarcada por esa misma ficción. La fuerza del Derecho reside en la improvisación. Los golpes decisivos, nos recuerda Benjamin, se asestan por la izquierda.
IV
No pasa de ser un cliché decir que la ley fundamental de la vida es la ley de la fuerza, o del más fuerte. Postulado el principio, sin embargo, damos marcha atrás y limitamos su ferocidad, su aparente insensibilidad, con argumentos y excepciones dirigidos a probar de una vez por todas el hecho de que, en efecto, es un cliché. Cada argumento, cada excepción siendo la corroboración de la necesidad de limitar y, por tanto, de su verdad residual. El Derecho, o la ciencia de la Ley, hace suyo el problema y tira la raya – su línea recta - allí donde la ley de la fuera se inventa como la fuerza de la ley.
V
Decir: “La ley dice…”, ya es presuponer, no solamente que la Ley puede decir, sino, además, que quien dice está legitimado para hablar en su nombre. Precisamente es esta presuposición la que debemos vigilar. En tanto que la fuerza de la ley, su poder vinculante, reclame hablar en nombre de la justicia – o sea, la moral – el problema de la fuerza como constitutivo de la posibilidad misma de la Ley queda adherido a los diversos discursos que permanecen ciegos a sus propias motivaciones. Cuestionar a la fuerza en sí es descorrer el velo del Derecho como tal. Pero, ¿y si al descorrer ese velo sólo encontramos otro velo, y así ad infinitum? El acceso a la Ley está protegido por la mentira.
VI
Cuando Hegel en su Fenomenología del Espíritu traza la inexorable marcha de la Razón hacia sí misma, la ley de la fuerza marca el momento en que esa razón – como percepción – toma conocimiento del mundo – como entendimiento. Así, el mundo ya no se percibe como un inerte conglomerado de objetos, diferenciados y aislados entre sí, sino como concepto. La ley de la fuerza, o el juego de la fuerza como exteriorización y la fuerza repelida de nuevo hacia sí (o fuerza propiamente dicha), hace posible al mundo como mundo, a la Razón como Razón Absoluta. Y aun cuando Hegel se refiere a la ley de la fuerza en su acepción natural, dentro de la dialéctica hegeliana – y, por tanto, desde la razón Absoluta – tal ley inaugura el vuelo del búho de Minerva. No hay Razón sin fuerza.
VII
El entendimiento se excede a sí mismo. Ese exceso es, más aún, lo que caracteriza al entendimiento como Razón. Y cuando la tradición se pregunta, “¿Cómo entender a la Razón?”, toda respuesta se perfila como una transgresión cometida tardíamente.
VIII
Fuerza:Poder. La fuerza indiscriminada, o sea la fuerza previa a su ejercicio, es la violencia que precede a todo juicio valorativo. Es, en otras palabras, la violencia que constituye aquello que algunos llaman la moral. Sin embargo, todo acceso a esa fuerza esta mediatizada por el poder, por las estructuras y prácticas discursivas que constituyen, modifican, extinguen, etc., nuestro entendimiento del entendimiento. El discurso del poder es, propiamente dicho, la conciencia volcada sobre sí misma.
IX
La déconstruction est la justice, escribe Derrida con su acostumbrada ironía. Ironía trágica, ironía que da a entender la imposibilidad misma del entendimiento. Pero, ¿qué es la ironía sino el último refugio de la esperanza? Invocada la justicia, ésta muestra momentáneamente su cara de Jano y retrocede tras el silencio que hace posible el lenguaje. La escritura, nos recuerda Blanchot, ya es violencia. Así, toda palabra, todo lenguaje demarca a puño y letra los límites del sentido. Límites, sobra decir, a ser transgredidos por cada sucesiva generación. Hay una cantidad infinita de esperanza, le decía Kafka a a su amigo Max Brod, pero no para nosotros.
X
¿De dónde ese deseo, la agonía, de transgredir los límites del sentido? Toda reinvención del lenguaje presupone dos momentos simultáneos: su construcción y destrucción. No obstante, l único que indica esta transgresión es la transgresión misma. El lenguaje apunta a la tautología. Allí donde Wittgenstein desemboca en la finitud del lenguaje – y por tanto en un silencio metafísico (silencio que aún se escucha en las Investigaciones) – Benjamin articula la experiencia histórica del lenguaje y el papel que juega en la lucha contra los monstruos.
XI
Al umbral del milenio. La radicalización de la Ilustración, o la salida de hombre de su autoculpable minoría de edad, se ofrece como aquella milenaria, melancólica, promesa de redención. El Derecho se ha limitado at transformar al mundo de diversas formas; de lo que se trata es de interpretarlo.
Publicada la Revista de la Academia Puertorriqueña de Jurisprudencia y Legislación, Vol. V, pág. 213 (1998), bajo el título Metastesis de la Razón y el Derecho. Notas al calce omitidas. También en Uróboros (2021). Disponible en Amazon.



XII
Estamos en el "pos-milenio" y nada ha cambiado...